Depeche Mode oficia otra colosal comunión en Barcelona
Nando Cruz
La ceremonia rockista con corazón electrónico de Depeche Mode volvió a triunfar por todo lo alto. Tal y como ha ocurrido en sus cuatro últimas giras, el trío inglés ofició una multitudinaria comunión en Barcelona ante un público fiel y devoto que se entregó a su música y leyenda con igual pasión e intensidad que el de U2, Coldplay, los Stones, AC/DC o Bruce Springsteen. Los 18.000 fans que acudieron al Sant Jordi fueron parte esencial de un show que hoy repite (22.00 horas) con las entradas agotadas.
El concierto empezó con A pain that I'm used to, la canción cuya sirena de alarma anuncia el regreso de Depeche Mode en su 11° disco, Playing the angel. Dave Gahan, con americana, y Martin L. Gore, a la guitarra y disfrazado de ángel negro (¿o era pollo carbonizado?), tomaron las riendas de la noche. Con un batería mamporrero y un teclista que secundaba a Andy Fletcher, aprovecharon esos primeros minutos de euforia automática para despachar otros dos títulos nuevos: John the revelator y Precious. Eso sí, alternados entre los clásicos A question of time (en una versión seca) y Policy of truth.
Durante buena parte del concierto, todo parecía una reposición de anteriores giras: tanto por la selección del repertorio como por las desatadas coreografías de Dave Gahan (primero vestido, luego con levita y finalmente a pecho descubierto) y la total entrega del público. La principal diferencia fue el sonido duro y agresivo y la escenografía, con un retrofuturista diseño en los teclados y una pequeña pasarela para que Gahan y Gore se acercasen a los fans. La proyección de imágenes sobre las pantallas de fondo y, también, de palabras (vicio, sinceridad, amor, culpa, dolor...) desde una gran esfera suspendida sobre el escenario reforzó su universo visual y poético.
Aunque sonaron hasta siete canciones nuevas, éstas sólo amenazaron el apabullante desarrollo del concierto en momentos muy concretos. Suffer well y The sinner in me se ganaron su presencia en el repertorio mediante dos contundentes interpretaciones. No fue el caso de Macro, que, para colmo, fue sucedida por una dilatada versión de Home en la que Gore quiso darse su particular baño de multitudes. Fue un peaje simbólico, una última oportunidad de ir a por bebida y reponer fuerzas antes del gran subidón final.
'TOREANDO' AL PÚBLICO
De un tirón se avecinaban una feroz I feel you (con Gahan toreando al público con una toalla), Behind the wheel, World in my eyes, Personal Jesus y Enjoy the silence. Si no es el más imbatible repóquer del rock electrónico poco le falta. El público las acogió con el mismo entusiasmo que les había mostrado en anteriores giras. Mares de brazos ondeando al unísono, teléfonos móviles inmortalizando la escena, miles de gargantas vociferando eso de "las palabras son innecesarias, sólo pueden herir" y Gahan, gritón como nunca, orquestando la perfecta simbiosis entre inspiración electrónica y emoción humana totalmente bañado en sudor.
En la primera tanda de bises Gore abordó una reposada toma de Shake the disease. Luego llegó Just can't get enough, su éxito más añejo y el que da una idea más precisa de los muchos años que hace que existen Depeche Mode y el tecno-pop. Tras Everything counts, el grupo volvió al escenario por tercera vez para rematar la faena con el clásico Never let me down again. Goodnight lovers, la nana de despedida, fue, a la postre, la única referencia a su anterior disco, Exciter. Pero sirvió para ver la imagen más insólita de la noche: Dave Gahan y Martin L. Gore abrazados.