Jugando con las masas
David Morán
Ceremoniosos y populares, hace años que Depeche Mode fumigaron el núcleo y la corteza de su oscuro y hermético pop electrónico para insertarse de pleno en la liga de los grandes recintos y la música de masas. Cambiaron el pop por el rock sintetizado y sus giras se volvieron salvajes, agresivas, majestuosas y tan imprevisibles como aquel «Exciter Tour» con el que se les fundieron los plomos y tras cuyos bostezos se les daba por tocados, hundidos y heridos de muerte. Pero no. Cinco años después de tamaño desaguisado, Dave Gahan, Andy Fletcher y Martin L.Gore parecen haber enderezado ligeramente una brújula que apunta de nuevo al centro de la dureza sonora y que el viernes les guió hacia un nuevo lleno histórico en el Palau Sant Jordi. Anoche repitieron con idéntico guión e idéntico resultado en la que fue la segunda cita de «Playing With The Angel» con Barcelona.
Abonados a las bondades de su último disco, del que se ha dicho que enlaza, saltándose varios capítulos poco memorables, con los vicios corruptos de «Violator», los ingleses salieron del camerino crecidos y con ganas de incrustar su leyenda en un escenario de aire retrofuturista diseñado por Anton Corbjin. El prestigioso fotógrafo andaba por ahí, inmortalizando las poses de Gahan, la incipiente tripilla de Fletcher y el disfraz de ángel chamuscado de Gore, pero todo el protagonismo recayó en la conjunción del trío y en su sospechosa habilidad para alternar su flamante catálogo de clásicos con momentos de asombroso tedio electrónico. Y es que en una banda como Depeche Mode no existe el término: sus buenas canciones son tan buenas que las regulares se convierten automáticamente en terribles.
De ahí que durante buena parte de la noche navegaran a tientas entre lo orgánico y lo digital, entre la saña enfurecida de «A Question Of Time» y la mística triturada e innecesaria de «Home»; entre las dentelladas de guitarras pesantes y el brillo mate de «Policy Of Truth». De hecho, la primera hora de concierto no fue más que calentamiento y tanteo; sesenta minutos en el limbo para digerir las coreografías de Gahan, entretenerse con las palabras (vicio, amor, culpa, dolor...) que iban desfilando por una enorme bola metálica suspendida sobre el escenario y buscar el mejor encuadre de las pantallas fracturadas.
Después de tan irregular primer parte, el trío inglés atacó, el tirón y sin avisar, «I Feel You», «Behind The Wheel», «World In My Eyes», «Personal Jesus» y «Enjoy The Silence». Tamaño rosario de éxitos, ejecutados con impecable emoción aunque algo extendidos sobre el minutaje, ofreció la mejor cara de Depeche Mode; la de la banda capaz de encajar y humanizar todas las piezas del rock electrónico hasta hacerlo parecer prácticamente infranqueable. El tecno-pop eufórico de «I just can´t get enough», «Everything Counts» y «Never Let Me Down» bordó una recta final que habría sido más gloriosa de no haber sonado la tibia balada «Goodnihgt Lovers», relajante muscular en toda regla que precipitó al público de nuevo hacia al suelo. Una despedida demasiado insípida para unos Depeche Mode que, en pleno 2006, juegan a su antojo con las masas para anunciar que no todo está perdido. Al menos de momento.