Pasiones Orgánicas
Jesús Lillo
Se cumplen este mes de febrero veinticinco años del debut discográfico («Dreaming Of Me») de Depeche Mode, banda que, inicialmente desdibujada por el maquillaje de los nuevos románticos, con los que compartió posturas de riesgo y algún que otro exceso de forma, protagonizó una larga y oscura travesía por el desierto hasta convertirse en grupo de culto, venerado por una legión de fanáticos de su lado oscuro —bien cultivado y mejor explotado a través de letras obsesivas, retratos de Anton Corbijn y biografías basadas en truculentos hechos reales— y luego consumido en tiendas y emisoras por millones de aficionados al pop comercial. Dos en uno.
Con las entradas agotadas desde hace meses para las dos funciones programadas en Madrid de «Touring The Angel», su primera gira en cuatro años, Depeche Mode reunió anoche en el Palacio de los Deportes a sus dos públicos naturales. Por allí estaban los —fieles de comunión diaria cuyo nombre adoptó el grupo para tratar de camuflar en las redes de internet la maqueta de su último álbum— y también quienes, sin tanta penitencia, bastante más sueltos, llevan bailando tecno-pop, o algo parecido, toda su vida. Había que satisfacer a dos audiencias, núcleo duro y corteza del mismo fenómeno, y Martin L. Gore y los suyos remezclaron ayer un soberbio repertorio de éxitos, tirando por ese callejón de en medio, poco iluminado, donde suenan «Violator» y su continuación, el reciente «Playing The Angel».
Éxitos aislados, procedentes del resto de su discografía y dispuestos a modo de orgulloso recordatorio, y un final que enlaza, sin complejos, un lote de frívolas piezas sintéticas del comienzo de su carrera (de «Just Can't Get Enough» a «Everything Counts») completan el argumento de una gira mundial que revela la confianza de un veteranísimo grupo de estadio en la capacidad de sus últimas canciones para soportar la estructura de un espectáculo de recuerdos. Cualquier grupo de su categoría y su añada —le sucedió a REM el invierno pasado— se caería con casi todo el equipo si tratara de hacer pasar por clásicos de graderío tal proporción (30 por ciento del repertorio) de novedades, pero Depeche Mode consigue salvar los muebles con una verosímil manifestación de vitalidad. «Touring de Angel», así, viene a querer decir en castellano «no estamos acabados». Traducción simultánea.
No le debe de resultar fácil a un grupo retratado y filmado milimétricamente por Anton Corbijn —escenógrafo oficial y brazo gráfico del trío— sorprender a un público que constantemente recibe impactos audiovisuales de sus ídolos, sobreexpuestos a las cámaras del fotógrafo holandés. Sin embargo, la última escenografía de Corbijn consigue evitar que un concierto tan previsible como el de Depeche Mode se apelmace, haciéndolo pasar por una película de estreno: pantallas fracturadas que reflejan interferencias y señales distorsionadas y una enorme bola metálica que emite mensajes ligados a la letra de las canciones —«dame las llaves, yo conduciré», repite mientras suena «Behind The Wheel»— componen un decorado sobrio, pero saturado de claves para entender el discurso de dolor y sufrimiento que difunde la banda. No hizo falta activar la máquina de humo artificial porque la gente, en el primer concierto celebrado en pista cubierta desde la entrada en vigor de la ley antitabaco, no paró de fumar.
Pasados de rosca guitarrera y mística maldita, liderados por un Dave Gahan descocado y crecido en sus amaneradas coreografías, pero gobernados por Martin L. Gore, los británicos incrementaron la potencia de su catálogo de clásicos, recrudecido con saña en una ejecución violenta y orgánica. Sólo amainó el concierto cuando Gore («Damaged People», «Home») cogió el micrófono para realizar su operística recreación de un Bowie ya inexistente y cuando, casi al final, sin guitarras, sonaron los clásicos de los 80 con extrema pureza digital. Aquello sí era tecno-pop.