El Diario Vasco > Cultura > 24/07/2006
El brillo de lo oscuro
ARTURO GARCÍA
No tuvo toda la respuesta de público que era de esperar el concierto de Depeche Mode, vaya usted a saber por qué: si el jazz, el puente o la humedad. El caso es que 20.000 personas eran demasiadas para el velódromo pero no suficientes para calentar todo un estadio como Anoeta que había vivido el año pasado un lleno absoluto. Lo cierto es que pese al entusiasmo de sus incondicionales y la profesional propuesta del trío británico, el concierto se resintió al quedar buena parte de las tribunas e incluso del césped vacíos, y el cemento se engulló parte de la entrega de músicos y público.
Si a eso le sumamos que los tres teloneros actuaron a plena luz del día, sin un juego de luces con el que realzar su puesta en escena, el resultado no brilló durante los prolegómenos como hubiera sido de desear en un festival de estas características.
Lo que sí hubo es puntualidad milimétrica. Abrieron los guipuzcoanos Natural Project y llamó la atención lo escueto de los sets que realizaron tanto ellos como Second y Raveonettes: apenas media hora cada uno y sin bises lo que al final resultó hasta chocante porque sobraron casi otros 30 minutos desde que el dúo sueco se retiró hasta que irrumpieron en escena Dave Gahan y los suyos. Los guipuzcoanos salieron del paso con su acoplado pop con reminiscencias de The Cure. Los murcianos Second, aunque muy conjuntados, sonaron demasiado a U2 y a bandas británicas como Chameleons.
Raveonettes estuvieron vertiginosos con un poderoso sonido a mitad de camino entre el sonido Spector, Transvision Vamp, Jesus & Mary Chain y Siouxie, a base de guitarras furiosas y arreglos noise que cumplieron a la perfección con su papel de invitados de la banda estelar.
Depeche Mode dan hoy alguna que otra muestra de flaqueza en cuanto a lo sorpresivo de su propuesta actual comparada con su brillante momento a finales de los 80 y principios de los 90. El trío planteó un completo espectáculo con muchas reminiscencias de U2 en cuanto a la puesta en escena: diseño futurista, teclados con formas galácticas y mensajes con cierto tono existencial proyectados en la bola gigante que presidía el escenario junto a palabras escogidas de cada canción interpretada. Todo con esa pasión por el color negro que su público incorpora con vehemencia: predominaba entre el público los atuendos oscuros de todos los tonos y combinados posibles desde trajes a camisetas y vestidos.
Musicalmente, la trilogía que concluye con este Playing the angel quizás tomada en conjunto no esté a la altura de sus obras maestras: muchos de los nuevos temas no despegan como lo hacen, por ejemplo, los tres singles de Violator (World In My Eyes, Personal Jesus y Enjoy The Silence) con los que se despidieron y que volvieron literalmente loca a la parroquia. El set list que el grupo eligió para la ocasión no fue lo que se dice trillado. Al contrario, atacan clásicos como A Question Of Time, Walking In My Shoes John The Revelator o I Feel You pero la banda obvió algunos de sus éxitos más clamorosos como Just Can't Get Enough o Everything Counts para sorpresa de buena parte del público.
Los instrumentistas no son muy dados a lucimientos ni exhibicionismos, labor que delegan en su vocalista, un verdadero maestro de ceremonias que oficia el recital como si fuera una misa negra. Su garganta filtra los textos como letanías, con ese tono vocal idóneo para hablar de redenciones, visiones asfixiantes, sexo, religión o atmósferas asfixiantes. Todo dominado por unos teclados omnipresentes y la machacona batería que hacen levitar los temas con ese cruce entre místico y profano tan ceremonial, solemne y característico del grupo.
Capítulo aparte merecen el montaje de pantallas, un verdadero alarde de formas geométricas que escupían fogonazos con imágenes de la banda y textos de los temas a un ritmo que contribuyó a generar el ambiente propicio para la catarsis.
Era el cumpleaños de Martin Gore y el público le felicitó a coro en los bises cuando el compositor principal del grupo se despachó un bis solo al piano. Depeche Mode cumplen de sobra con lo que se espera hoy de ellos, 25 años después de su fundación y después de su compleja resurrección musical en 1997. Desde entonces transmiten cierta sensación de no tener el cuerpo para muchas aventuras sonoras drásticas como las que jalonan con éxito su trayectoria.
La banda fue intercalando piezas reposadas como Home, con estallidos enérgicos donde Gaham despliega sus ambiguos encantos, incluso con el torso desnudo y a mitad de camino entre Freddy Mercury y Bono. También, a medida que ha ido avanzando la gira, el grupo, que antes hacía dos bises, con tres y dos temas cada uno, ahora se ha vuelto algo rácano y se ha decantado por uno sólo: tras el solo de Gore al teclado concluyeron con Photographic y el coreado y popular himno Never Let Me Down Again. Serán cosas de la edad.