EL PAÍS > Madrid > 08/11/1992
Adictos a la noche
Noctámbulos y bachilleres de novillos
se mezclan hasta el mediodía en los garitos de copas
Amelia Castilla
"Si conoces la ciudad, la noche
no tiene fin", solía decir Ava Gardner a todo el que quería
escucharla al referirse a Madrid, la ciudad donde la actriz vivió
una época de su vida. La tradición noctámbula mezclada
con el masivo consumo de cocaína ha provocado un cóctel
explosivo. Para los adictos a la noche se ha creado todo un mundo de
locales que abren o cierran sus puertas a horas inverosímiles.
Para ellos se programan conciertos a las dos de la madrugada, se abren
discotecas a las cinco y se inauguran locales que cierran a las siete
de la tarde.
No hay fiesta que se precie que empiece antes de la madrugada. Y lo
normal en estos saraos es que a las tres no hayan empezado los platos
fuertes.Precisamente fue esa afición nocturna tan española
lo que decidió al grupo británico Depeche Mode a eligir
España para grabar su último disco. El cantante del grupo
asegura que sólo en Madrid se puede dormir de día, trabajar
por la tarde y callejear por la noche. En Glasgow, donde viven, no hay
club donde se pueda consumir cerveza más allá de las tres.
Pero en Madrid es una hora más tarde cuando
los clientes del Lad y Pepa, en la calle de Santa Águeda, empiezan
a llegar al local. A partir de esa hora y hasta las ocho, Isaac, su
propietario, recibe a los clientes en la puerta. Para entrar al local,
donde hace unos años se presentaba porno en directo, es preciso
llamar al timbre. Dentro del establecimiento, Antoñito Verbenas,
conocido como el terror de las nenas, entona, una noche más,
los Ojos verdes para un público variopinto. Controladores de
vuelo, policías, actores y estudiantes se cuentan entre los clientes.
El cantante de boleros no se ha levantado nunca a
las nueve de la mañana. Hace años, llevar esa vida era
un problema, pero ahora tiene domiciliados por banco todos los recibos
de la casa. El teléfono no le despierta y el ruido de la calle
no le perturba lo más mínimo. Antoñito, que lleva
30 años ligando gracias a los boleros, permanece soltero y sin
compromiso. Cada noche, cuando se despierta para ir a trabajar, Antoñito
Verbenas piensa que ya es demasiado tarde para cambiar de vida.
Cuando Isaac cierra el Lad y Pepa pasan de las ocho.
Cada mañana cumple con el mismo rito. Va directo al hipódromo
de la Zarzuela a visitar a Marito, su caballo favorito. Antes de acostarse,
le lleva comida y le palmea un poco los lomos. Después duerme
hasta bien entrada la tarde, se supone que con ducha previa.
Pero la noche aún no ha acabado para Miguel.
Acompañado de sus inseparables gafas de sol, se dirige a Steck,
un garito madrileño que abre de seis de la mañana a siete
de la tarde. En la calle luce a esa hora un sol radiante, pero en el
interior del local las luces son de efectos estroboscópicos,
los clientes desa yunan whisk y, suena salsa y en el vídeo pasan
un partido de béisbol. Miguel, que lleva toda la noche de marcha,
se tomará otra copa antes antes de fichar en su trabajo. Aún
tiene tiempo para ducharse y quitarse el olor a humo. Antes de llegar
al trabajo se pondrá una ra ya. Imposible comer nada, sólo
un café. Luego al banco y por la tarde, cuando vuelva a su domicilio,
procurará dormir. Miguel no se considera un cocainómano,
pero siempre lleva una papelina en el bolsillo.
Otros 'vampiros'
Cada noche, gente como Miguel llena los locales de madrugada. Vampiros
que trabajan o duermen por el día y salen de madrugada. Muchos
padecen ya el síndrome de la fase del sueño retrasado,
una alteración ligada al estilo de vida, que algunos médicos
comparan con el tabaquismo o la adicción al alcohol y que acaba
induciendo a cambios en los biorritmos. Una dolencia cu yos orígenes
hay que buscar en los años ochenta y que afecta fundamentalmente
a los adultos.Sin embargo, a nadie parecen importarle los trastornos
de los relojes biológicos a esa hora. Si en Nueva York las cosas
importantes pasan antes de las nueve de la noche, en Madrid empiezan
a partir de esa hora. Los noctámbulos, como el director de cine
alemán Fassbinder, opinan que ya dormirán lo suficiente
cuando estén muertos.
Raquel, una de las camareras de Steck, asegura que
las horas de máxima ocupación de público transcurren
entre las once y las doce de la mañana y entre las cuatro y las
seis de la tarde. Los que aún no han acabado la noche se mezclan
en épocas no vacacionales con los adolescentes que deciden faltar
a clase de matemáticas. Raquel lleva 10 años trabajando
en bares de horarios nocturnos. Cuando acaba en el bar, se va de copas,
como la mayor parte de los camareros. Una vez o dos veces a la semana
se pega algún pasón. Esa mañana Raquel llevaba
dos días sin dormir.
Y de Steck a La Noche, en la calle de San Mateo, otro
local madrileño de horario disparatado, donde los noctámbulos
diurnos juegan al billar americano con reglas inventadas en Móstoles
o Villaverde.
A las diez de la mañana, cuando cierra sus
puertas al público, todavía resisten en el interior un
grupo de músicos dispuestos a destapar la batería que
hay en un altillo e improvisar un concierto mientras un par de lumis
siguen en la barra en animada conversación.
Más o menos a esa hora llega Ton y, un arquitecto
de 39 años, a su despacho. Se acostó borrachoy ha pasado
240 minutos bajo las sábanas, pero será capaz de funcionar
a medio gas en el estudio. Ya está acostumbrado. Sólo
si tiene que discutir asuntos de dinero procura descansar un poco más.
Parafraseando a Gregorio Marañón, Ton y asegura que las
personas adultas que duermen más de ese tiempo son perezosas.
La noche, a tope
Aunque a su edad ya quedan pocos amigos de su quinta con los que compartir
la fiesta, Ton y se ha ido reenganchando con los hermanos pequeños
de sus amigos y todavía encuentra algún que otro superviviente
de su época. Lo normal en estos casos es que se trate de bebedores
de fondo o divorciados que vuelven a la calle."Para vivir la noche
a tope hay que tener 25 años y ser un bestia o cada vez lo vas
haciendo peor. A partir de ciertas horas, sin cocaína no hay
dios que lo aguante", exlica Ton y. Este noctámbulo empedernido
tiene antecedentes; mamó la noche desde bien niño: en
su casa era habitual salir de madrugada. Sus padres cenaban fuera con
regularidad y su progenitor, médico de profesión, además
de pegarle al alcohol se fumaba dos paquetes de Chester sin filtro al
día.