EL PAÍS > Crítica POP
> 09/11/1990
Tecnología cómoda
Nacho Sáenz de Tejada
Con un teclado,
hoy se pueden hacer cosas de lo más aparentes. La técnica
del sampling (grabación de cualquier sonido para reproducirlo
a través de un sintetizador digital), permite a cualquiera disponer
y utilizar un banco sonoro que puede abarcar desde el mantra de un monje
tibetano hasta el canto del urogallo en celo, pasando por el bombo de
la batería del último disco de Quinc y Jones. Por esto,
los músicos más vendedores se cuidan mucho de dejar sonidos
limpios y aislados para evitar futuras copias, porque se puede dar el
caso que una guitarra utilizada por Prince o el gritito de Michael Jackson
aparezca en un disco de cualquier grupo fantasma. Por poner algún
ejemplo.La informática aplicada a la música permite, además,
que con apretar un botón se comiencen a disparar secuencias,
acompañamientos y ritmos. Un músico con un teclado puede
sonar como una orquesta. En Depeche Mode hay cuatro músicos,
seis teclados y otros artilugios electrónicos. Tecnología
punta para un grupo con 10 años de existencia, que en Madrid
abarrotó el Palacio de los Deportes con 10.000 jóvenes
que pagaron 2.500 pesetas por entrada (en reventa algún pase
se cotizó a 20.000 pesetas), para escuchar las canciones de Violator,
último disco del cuarteto, que en España ha vendido 150.000
ejemplares. Una barbaridad.
Utilización
Pero la cuestión no es la tecnología,
sino cómo se utiliza. Y Depeche Mode la emplea de manera resultona.
Sirviéndose de unos medios de posibilidades ¡limitadas,
el grupo es muy poco imaginativo. Sus maquinitas lanzan ritmos machacones,
sobre los que tres teclistas crean un ambiente armónico de escasa
riqueza tímbrica para sostener una voz que interpreta melodías
carentes de enjundia. Pero sus composiciones permiten bailar, cantar
y participar. En Madrid todos bailaron, cantaron y participaron con
una música de relativo valor artístico, pero de alto interés
sociológico.
Bastó con que el cantante David Gahan moviese
el palmito con posturas, a medio camino entre Mick Jagger y Freddie
Mercur y, para levantar pasiones desenfrenadas. También desató
histerias cuando izó el pie del micrófono sobre su cabeza.
O cuando la espectacularidad del montaje adorné con precisión
una noche triunfal para el grupo británico.
En muchos momentos, Fletcher, Gore y Wilder se mantenían
a un metro de sus sintetizadores, sin poner las manos sobre los teclados,
mientras aquello sonaba solo. Este estatismo, roto por la actividad
de Gahan, se convirtió en algo más humano cuando Martin
Lee Gore agarró su guitarra y se puso a cantar.
Fueron los momentos más íntimos de un
recital que recogió la tradición de un tecno-pop con pocos
ídolos, aunque los grupos que mantienen la llama concentren audiencias
con una discutible, por conservadora, utilización de la técnica.
La próxima semana, Laurie Anderson comienza
una gira por cinco ciudades españolas con un empleo valiente
y arriesgado de la tecnología. En la otra cara de la moneda,
Depeche Mode prefiere rentabilizar la tecnología cómoda.