Palacio de Vistalegre
Darío Manrique
Cada vez que llega Depeche Mode, se produce una involuntaria
convención de tribus urbanas: siniestros -desde su acepción
gótica a la evolución industrial-, tecnoboys, pijos...
Depeche Mode vendió dos semanas antes los boletos para La Cubierta y con buen criterio se trasladó a Vistalegre. El acierto de este
cambio se torna relativo cuando el punto de vista es el de la acústica:
pésima. Claro, que la de La Cubierta... Se podría decir
lo de Guatemala y Guatepeor. Y a un grupo basado en la voz profunda
y llena de matices de su cantante, como Depeche Mode con Dave Gahan,
no se le puede lastrar así.
Los tres depeches aparecieron puntuales, con batería,
teclista y dos coristas que ofrecían una curiosa estampa, moviéndose
como si acompañaran a Aretha Franklin, al son del sintetizador
de Andy Fletcher. Gahan tardó poco en quedarse a pecho descubierto,
lo que confería más espectacularidad (por los tatuajes
y tal) a sus teatrales movimientos.
Especialmente la primera parte del concierto estuvo
llena de canciones lentas, baladas industriales dramáticas y
algo espesas... hasta la llegada del soberbio Walking In m y Shoes. De
ahí a la traca final, pasando por el paréntesis acústico
del guitarrista Martin Gore, que cantó The Bottom Line, demostrando
con su sosería que en cuanto a presencia escenica nadie rivaliza
con Gahan.
En la última parte, Enjo y The Silence, I Feel
You, Black Celebration y, cómo no, Personal Jesus; unos cuantos
de los magnéticos temas que identifican a Depeche Mode como un
enorme grupo, uno de los pocos que ha atravesado los ochenta y los noventa
con pocas cicatrices en su historial musical, en forma para continuar.